La abdicación española de Carlos V

En teoría, Carlos V era el monarca más poderoso de Europa. Habsburgo, en su adolescencia, en 1516 heredó España, que había sido unida por sus abuelos Fernando e Isabel. En 1519 sucedió a su abuelo paterno Maximiliano I como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Fue duque de Borgoña y archiduque de Austria y también gobernó los Países Bajos, Bohemia, Hungría, Nápoles, Sicilia y Cerdeña. Gobernar España significaba gobernar la América española y en tiempos de Carlos Cortés tomó México y Pizarro conquistó Perú. La riqueza de España pagó sus esfuerzos por controlar Europa occidental.

Fervoroso católico romano, Carlos esperaba unir toda Europa en un imperio cristiano. Sin embargo, no sólo los franceses y los ingleses se resistieron a la idea, sino que en 1517 Martín Lutero clavó sus tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg: Las ambiciones de Carlos se hundieron con la Reforma Protestante.

La salud del emperador comenzó a fallar a mediados de los cuarenta y sufrió agonías de gota. Había estado considerando la abdicación mucho antes de que quedara claro, en la década de 1550, que el protestantismo en Alemania tendría que ser tolerado. No era algo que pudiera aceptar. Entregó la dirección del Sacro Imperio Romano Germánico a su hermano Fernando en 1554, y en octubre de 1555, en el Salón del Toisón de Oro de Bruselas, renunció a la soberanía de los Países Bajos en favor de su hijo Felipe de España, pidiendo perdón a los presentes si, por el amor que les profesaba, derramaba algunas lágrimas. Algunos de los que le escucharon también las derramaron. En enero siguiente renunció a España y a la América española en favor de Felipe. En agosto abdicó formalmente como emperador del Sacro Imperio.

Carlos esperaba que Felipe acabara gobernando todo su imperio, pero éste era demasiado grande para gestionarlo, Fernando y su hijo Maximiliano se negaron a aceptar la sucesión de Felipe y la dinastía de los Habsburgo se dividió en las ramas austriaca y española. El propio Carlos pasó sus últimos días en España en una casa cercana a un monasterio, con una casa de unos cincuenta miembros. Las visitas le mantenían al tanto de los acontecimientos y hacía todo lo posible para que continuara la persecución de los protestantes. Se había llevado sus libros y cuadros favoritos y disfrutó cazando palomas y cuidando su jardín hasta su muerte en 1558.